Entradas

Tu olor a tinte y nervios.

Ahora que estoy bajo tus ojos inquisidores y verdugos, fijos, me pregunto si es un sueño o si estoy en un delirio. Nosotros ya sabemos que nuestros labios se entienden, sin articular un sonido más que un vaho en el aire. Pero un leve gemido en la tarde no va a derribar esta casa donde el reloj se para; sin seguir una regla exacta. Ya no hay techo, ni hay paredes. Solo piel que se retuerce entre sangre efervescente, que me asfixia y me embriaga. Es un recuerdo tan potente, que tu olor a tinte y nervios despertó al leon dormido que esperaba entre mis dientes. Escóndete los miedos donde puedas o cabálgame como un jinete; pero aquí no hay escapatoria a gritarme lo que sientes. Siempre supe, que dentro de El Palacio, habitaba un león.

Si matas a la mariposa.

Aparece en mi vida desordenándola, como alguien que busca algo en una habitación, demasiado nervioso para ordenarla antes de irse. Me rompe los esquemas evocando la bravura de los cobardes, y me esquiva lascivo como si fuese alérgico a mi piel. Mi miedo incontrolado a expresarme le repugna; o quizás soy yo la que lo hace, quién sabe, si tengo más grietas a cada abrazo. Duele, aunque seas como un libro; duele. Duele cuando dices que delira mi demencia y dejas de lado mis desmedidas desmesuras. No quieres mis quimeras quemadas de querellas. Y quedo tan inquieta; y te quejas de que me quiebre. Pero yo no quiero rimas, ni vocablos que me distraigan con palabras vacías que nunca fueron nada para ti. Estoy pasándome la eternidad entre tus muñecas y mis lágrimas, suplicándote que llames a la puerta si es que piensas volver. No porque te oculte nada, sino porque tengo el pecho frágil desde que oteo los atard...

El tiempo que te he pensado.

En el tiempo que te he pensado, pude leerme una novela que me enseñara paso a paso cómo dejar de enamorarme Serían mil páginas sin hablarte y una cantidad de horas sin más sentido que sobrevivir, pensando solo en respirar. ¿Como puedes decir que no te amo? Si se me pasa el tiempo en un susurro cada vez que te veo sonreír; aunque no ocurra tanto. Si me caigo de rodillas derrotado cada vez que me dedicas un momento. Tanta bravuconería que tengo y me derrito con un "te quiero". Quizá no sea el que más te merece, no soy un amante modelo, será por eso que no me esfuerzo o quizá por falta de esperanza. Respecto a lo que siento solo guardatelo en las manos hasta que un día lo necesites; ha no tengo más prisa. Yo estaré aquí, esperando como siempre. Mirando atento a tus ojos para que no los cierres. Rezándole a la estatua y no a la diosa, olvidé lo que significaba caminar hacia la redención sin pedir perdón por creer en mí. Sigo pensa...

Era un cadáver caliente.

Hoy la reconocí en el atardecer, en el sol que se ocultaba  que antes de que me diera cuenta  ya había desaparecido. Y lloré sin lágrimas y grité sin fuerzas; y vi que era igual, que era un cadáver caliente  por lo que lloraba. Por el hueco entre las sábanas, por el hueco en la tarde. Y en el reloj... Y en mi cama...  Y el que había entre mis labios. Gracias al Palacio tengo un poema que está más centrado que yo en estos momentos.

El pozo de brea.

Ya estoy mordiéndome el labio otra vez; otra vez muerto en el sofá con una espina clavada en el estomago. ¿La saco o la dejo? ¿Me enveneno o me desangro? Ya estoy pensando en tí otra vez, no aprendo, siempre me duele más que la vez anterior. La piel es cada vez mas suave y más insensible. Quiero acariciarte, quiero tocarte, quiero hundirme en un pozo de brea, no volver a verte para poder soñar contigo; y quizá ni con eso vuelva a ser feliz. Me duele el estomago. No sé que hacer. Te miro a los ojos y solo me veo a mi. Quizá ahí no haya nada; o no sea para mi. ¿Qué hago contigo? No sé dónde meterme con todos esos planes para dos. Cada día pienso más y duermo menos; o vivo menos y duermo más. Puede que así se acabe, aunque sea poco a poco, aunque abrace la espina hasta que me llegue al corazón. La insp iración no me llega casi ni para agrad ecer todo al Palacio.

El celoso y el niño amoroso.

Yo soy el esclavo , yo soy el penitente , el que vive atado a un corazón de barro. La sombra de un tipo decente; el que ni siente, ni sufre, ni padece. Yo soy la máscara y yo soy el monstruo, el que sonríe a los ojos y miente de frente. El que con desprecio mira al cielo esperando que caiga fulminante. Yo soy el anciano que muere en la calle y el joven truhan que te roba el dinero; un farsante que camina sin consuelo entre luces molestas de escaparates. Yo soy el celoso y el niño amoroso que se lanza a tus brazos desconsolado, cuando peca, cuando gime de noche; cuando pide por favor que le perdones . Yo soy el que escribe un verso incompleto esperando que algún alma le comprenda; el necio y el loco con el espíritu roto que señala las nubes tirado en la acera. Solo un alma ha llegado a comprender a la niña celosa y amorosa; la de El Palacio .

No me sueltes, que me hundo.

¿Qué si duele? Si, a veces por el contacto directo al que me expongo siempre por querer verte un momento. Por querer y no llegar, intentarlo y no alcanzar, ni a que me mires un poco cuando me prendo en llamas. Hoy las llagas de mis dedos me han pedido una tregua, para la guerra de trincheras en la que llevo años metido. Pero ni aún así te soltaría cuando te viera caer a la negrura de tus días malditos y mojados; ni podría dejar de mirar tus ojos. Ellos me dicen en silencio: "no me sueltes, que me hundo, sácame de este agujero". Y dime, ¿cómo iba yo a ignorarlos? Una vez más, salvada por el Palacio .