viernes, 14 de abril de 2017

El pozo de brea.

Ya estoy mordiéndome el labio otra vez;
otra vez muerto en el sofá
con una espina clavada en el estomago.
¿La saco o la dejo?
¿Me enveneno o me desangro?

Ya estoy pensando en tí otra vez,
no aprendo, siempre me duele
más que la vez anterior.
La piel es cada vez mas suave
y más insensible.

Quiero acariciarte, quiero tocarte,
quiero hundirme en un pozo de brea,
no volver a verte para poder soñar contigo;
y quizá ni con eso vuelva a ser feliz.

Me duele el estomago.
No sé que hacer.
Te miro a los ojos
u solo me veo a mi.

Quizá ahí no haya nada;
o no sea para mi.
¿Qué hago contigo?
No sé dónde meterme
con todos esos planes para dos.

Cada día pienso más y duermo menos;
o vivo menos y duermo más.
Puede que así se acabe,
aunque sea poco a poco,
aunque abrace la espina
hasta que me llegue al corazón.


La inspiración no me llega casi ni para agradecer todo al Palacio.

jueves, 30 de marzo de 2017

El celoso y el niño amoroso.

Yo soy el esclavo, yo soy el penitente,
el que vive atado a un corazón de barro.
La sombra de un tipo decente;
el que ni siente, ni sufre, ni padece.

Yo soy la máscara y yo soy el monstruo,
el que sonríe a los ojos y miente de frente.
El que con desprecio mira al cielo
esperando que caiga fulminante.

Yo soy el anciano que muere en la calle
y el joven truhan que te roba el dinero;
un farsante que camina sin consuelo
entre luces molestas de escaparates.

Yo soy el celoso y el niño amoroso
que se lanza a tus brazos desconsolado,
cuando peca, cuando gime de noche;
cuando pide por favor que le perdones.

Yo soy el que escribe un verso incompleto
esperando que algún alma le comprenda;
el necio y el loco con el espíritu roto
que señala las nubes tirado en la acera.


Solo un alma ha llegado a comprender a la niña celosa y amorosa; la de El Palacio.

martes, 14 de marzo de 2017

No me sueltes, que me hundo.

¿Qué si duele? Si, a veces
por el contacto directo
al que me expongo siempre
por querer verte un momento.

Por querer y no llegar,
intentarlo y no alcanzar,
ni a que me mires un poco
cuando me prendo en llamas.

Hoy las llagas de mis dedos
me han pedido una tregua,
para la guerra de trincheras
en la que llevo años metido.

Pero ni aún así te soltaría
cuando te viera caer a la negrura
de tus días malditos y mojados;
ni podría dejar de mirar tus ojos.

Ellos me dicen en silencio:
"no me sueltes, que me hundo,
sácame de este agujero".
Y dime, ¿cómo iba yo a ignorarlos?

Una vez más, salvada por el Palacio.

domingo, 12 de marzo de 2017

Ruido blanco.

Dame un ruido blanco
para que llore en silencio;
y un pequeño sol
para apagarlo en agua fría.

Quiero un libro que me explique
por qué me rompo todos los días.
Y un patio de paredes blancas
donde llenarme de cal los huesos.

Lo que me pasa por perro callejero
es que me rompí la pata contra el suelo
cuando quise saltar por la manzana
que entre la lluvia se estaba pudriendo.

Asi que me fui otra vez a mi agujero,
mi rincón de la nostalgia inútil,
donde los besos ocurren cualquier mes
y una brisa verde me refresca el pecho.

Donde mis labios, agrietados
y cansados de su silencio,
exhalan humo de un incendio
que se ensaña en mis entrañas
y me quema por dentro.

Solo tengo un momento de paz;
y ese es cuando duermo.
Cuando no pienso en que me duele,
cuando no temo que no lo entiendo.



Hasta en ruinas es bonito el Palacio.

lunes, 20 de febrero de 2017

El huracán.

Corre, que viene el huracán,
con su furia y con su rabia
arrasando los campos marchitos,
con su reguero de lágrimas.

Se come la tierra y corroe el mar,
avanza indómito por la calle;
y yo lo busco a ver si me lleva
a algún lugar que me despierte.

Si me empuja lejos, me desplomo,
pero me yo levanto, lo intento,
aunque me arranque los brazos;
yo voy, lo miro y lo muerdo.

Aunque a veces me lance ramas
yo las recojo y hago un fuerte,
el huracán puede ser bello
cuando se lleva los pétalos
de las flores que ya no crecen.

Es una lucha entre corrientes
que no comprendo, y no me importa,
porque lo contemplo a un metro
y me entretengo con admirarle.

Incluso lo compadezco
cuando lo veo retorcerse de dolor;
entre el frío y el calor que lo carcomen
hasta sus más profundos huesos.

El huracán quiere morir en el mar
y yo solo quiero que sea brisa otra vez;
quiero que vuelva a acariciar la hierba,
y pensar en oler a tierra húmeda,
y a helarme las venas por las mañanas.



Ningún huracán podrá demoler jamás el Palacio.

sábado, 18 de febrero de 2017

In flames.

Tiene un Fenix roto en el pecho
que cada mañana le anida
tratando de recordarle cuánto puede brillar.

Pero siempre encuentra peldaños rotos
y escalar le produce pánico,
así que se apaga la estrella lentamente.

Aunque sea un caso perdido,
sigue intentando crear algo tan dulce como su mirada.
La especialidad era perder lo que no tenía:
el tiempo y las personas.

Se extiende la galaxia en sus pupilas;
ahora ya no sabes donde acaba el universo
y dónde la vigilia.

Sus pulmones filtran nomeolvides y lirios
para qué los respire inconscientemente,
así quizás me enveneno.
¿Cruel decían?

No lo conocerás si no asumes la despedida.
¿Queréis algo más como guía?
Bien.

Tenía unos ojos tan profundos
que un día, mientras caminábamos,
las estrellas los confundieron con su hogar
y le anidaron las despedidas.

Los lunes que todos odiaban,
me agarraba las muñecas y me susurraba:
"I'd like to be your moon and all your stars..."
Y se iba dejándome con el corazón a medias.

Me mostró el lugar oculto
donde habita lo lascivo,
situó todos los callejones
que llevaban al andén 9¾.

Me hizo ver lo bonito de los antebrazos dañados
y los colmaba de indómitas caricias
que nunca antes había soñado.

¿Creéis ahora que esto es todo?
Yo también, la perfección existía;
Hasta que miré mis propias muñecas.

Tenía unas pestañas largas y afiladas
como dagas que me matarían,
con las que me rompió los atardeceres
que quería descifrar a su lado.

Los viernes que yo intentaba sonreír
me subía a su espalda para volar
y me arrojaba como si fuese exceso de equipaje;
resultó que éramos Ícaro y el sol.

Pero hasta ellos encontraron su zona de confort.
Nosotros incluíamos las despedidas en cada canción de amor.
Así nos obsesionamos con la libertad fingida
que se iba inevitablemente en cada abrazo.

Y ahora presuntos implicados habla de mi,
de cómo ardí tratando de volar algo para abrazarle:

"Y aunque le fue advertida la lección
Ícaro se derrumbó."