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Mostrando entradas de junio, 2017

La patética pataleta de mi yo (roto).

Con las ojeras de pensar demasiado veo ponerse el sol sin prisa ni ganas, como el que ve hundirse un anillo en el río o un recuerdo ya olvidado. El día a día parece una broma. ¿Pero acaso hay mejor máscara, para ese chiste de mal gusto, que una sonrisa bien afilada? El deseo de llevarme la soga al cuello; la patética pataleta de mi yo, roto , no es mas que otro torpe ejemplo de una forma de perder el control. Vivir por vivir, luchar por no morir. Es aferrarse a un clavo al rojo que te calienta el corazón justo para no dejarte helado. Pero no conozco otro camino que el de ver como se desmorona el castillo de arena sobre el que ando, subyugado a las olas del mañana; convirtiéndose en sucio barro. Hay veces en las que ni yo misma tengo fuerzas para reconstruir el Palacio.

El ciervo herido.

Gracias al Palacio que intenta salvarme aún siendo demasiado tarde: Lloro por la sangre que baja por tus piernas; por tus noches solitarias y calladas, por el ruido ensordecedor de tu cabeza. Lloro por tus ojos cansados que no temen al océano que se los traga para forzar a veces una sonrisa falsa. Tengo cuidado de no ahuyentar al ciervo herido en que te has convertido por correr sola entre los cristales. Pero si no fueras tan testaruda, yo no sería tan incansable; si solo no te quedaras sola cuando huyes de los miserables... No lloraría por tí de noche; no temería que caigas al suelo y contra el mundo te destroces.

Suerte que siempre nos recoges.

A este Palacio sempiterno  no lo detienen ni los huracanes. Es por ti que quiero llorar y no sé explotar a tiempo. Por ti sé amar como un niño, por ti puedo seguir; y me quiero acabar. Cómo te voy a abandonar si me has enseñado a amar. A veces te veo tan cansada, que parece que te vas a derrumbar, y sin embargo esas ojeras me conmueven; sigo sin saber muy bien como sigues adelante. Yo aquí, agarrándome a una rosa ardiendo y a ti no te detienen ni lo huracanes.   Cómo voy siquiera a seguirte, si me llevas la delantera desde hace años. No, no eres perfecta, de hecho a veces estás loca; pero quizá por eso te quiero.  Porque abro la ventana  y siempre has estado ahí, sentada en el saliente dispuesta a acompañarme. Con esa sonrisa triste que apena a las golondrinas y las hace caer al suelo. Suerte que siempre nos recoges. ¿Que puedo decirte? A veces te he odiado, siempre me has perdonado, pero nunca he querido a nad