Entradas

Punto final.

Se me está olvidando cómo superar la tristeza; ya se me ha olvidado cómo vivir.

The (our) ballad of the insomniacs.

Aun cuando todo te falle y no te queden fuerzas, acuérdate de mirar atrás, estaré matando tus miedos; cantando la balada de los insomnes .

Te quiero, Sara.

Lo prom etido es deuda. Para cuando me leas. Espérame que ya llego.

Lo siento.

Lamento toda la ausencia de inspiración; sigo buscando el lago verdoso donde los niños murieron en verano... ¿O estaban jugando? Quién sabe.

Si estoy borracho, qué me importas.

Encontré una hora oculta secreta entre las agujas de un reloj que no se movía. En ese momento eras escoria, pero que importa si hay ginebra; estoy bebido y no hay puerta de emergencia en este antro. Las nubes me abrazan las mejillas mientras caigo al suelo desplomado, pero suena música que me inunda. Por mi puede irse todo al carajo; si estoy borracho qué me importas. Un borracho triste. Uno que palpita. Uno que ríe y gira. Que se tambalea mirando fijamente a tus ojos. Y te graba en las pupilas su extraño coctel de amor y odio. Y te abraza. Y cae. Y sueña. « Menuda forma de volver tiene el Palacio. Gracias. »

Cuando abracé el vacío de la noche.

Hace poco en un delirio, caminé entre los bosques y entre ríos y matorrales, y poco a poco me fui helando. Primero fueron los capilares los que dejaron de sentir, luego las cuatro extremidades, luego el pecho; luego fin. La cabeza me temblaba, dolía y no dejó de entumecerse. Los labios morados probaron el hielo de la saliva congelada al nacer. El cielo cayó como una emboscada sobre mi pobre y tierna piel, hasta que no dejó de ella ni los huesos que la aguantaban. Cuando abracé el vacío de la noche al rato lo llenaron las estrellas, porque si miras entre ellas como por arte de magia aparecen más. Y en un triángulo de estrellas había una que se retorcía como rabiosa entre otras dos; como agarrada a dos cadenas. Un resplandor en el borde del ojo, y pareció derramarse el cosmos sobre ese techo que me envolvía y me acunaba entre sus brazos. No hubo por qué temer la noche; alumbrado por esa...

La patética pataleta de mi yo (roto).

Con las ojeras de pensar demasiado veo ponerse el sol sin prisa ni ganas, como el que ve hundirse un anillo en el río o un recuerdo ya olvidado. El día a día parece una broma. ¿Pero acaso hay mejor máscara, para ese chiste de mal gusto, que una sonrisa bien afilada? El deseo de llevarme la soga al cuello; la patética pataleta de mi yo, roto , no es mas que otro torpe ejemplo de una forma de perder el control. Vivir por vivir, luchar por no morir. Es aferrarse a un clavo al rojo que te calienta el corazón justo para no dejarte helado. Pero no conozco otro camino que el de ver como se desmorona el castillo de arena sobre el que ando, subyugado a las olas del mañana; convirtiéndose en sucio barro. Hay veces en las que ni yo misma tengo fuerzas para reconstruir el Palacio.